En la provincia argentina de Córdoba se ha construido una casa en una colina con una estructura de hormigón y piedra sin concesiones. El proyecto de Cristián Nanzer surge de la tierra como una roca natural, por lo que encaja perfectamente en el paisaje local. Todo el concepto del edificio se basa en una estructura y un ritmo austeros, y la luz resalta claramente la textura del hormigón.
La propiedad está situada cerca del Cerro El Dragón, entre las ciudades de La Falda y Huerta Grande. El terreno se extiende por las empinadas laderas que separan el valle de Punilla de la cordillera de Sierras Chicas. El clima semiseco de la región, las amplias panorámicas y la línea del horizonte cambiante impusieron un marco claro al proyecto. La casa se construyó sobre una terraza natural desde la que se abren amplias panorámicas de la extensa pampa.
El arquitecto diseñó la estructura de la casa de forma lineal, en dos plantas. La planta baja actúa como un zócalo macizo. Sus gruesos muros de hormigón ciclóneo (combinado con piedra) albergan las habitaciones de invitados, el taller artesanal, las instalaciones técnicas y la entrada que conduce desde el garaje. La planta baja también tiene una abertura a la terraza exterior, que la conecta con el jardín. Por encima se eleva la planta superior, claramente separada, tanto estructural como visualmente, de la parte inferior del edificio. Su espectacular forma se basa en un módulo de seis metros de envergadura, con salientes pronunciados más allá del contorno de la parte inferior. En las zonas privadas, el módulo se densifica, introduciendo una sutil variación en el ritmo de la fachada.

La casa en la colina, con una superficie de casi 530 m², expone abiertamente la lógica de su construcción. El zócalo de piedra, subordinado a la misma cuadrícula geométrica, sostiene un monolito de hormigón. Este se extiende hacia los bordes, creando así arcadas y galerías en casi todas las fachadas. Desde el sur del edificio se ha trazado una vía de comunicación interna, también sobresaliendo del contorno de las paredes, protegida por una partición suspendida. Su ritmo se ve interrumpido por tres formas macizas de hormigón que enmarcan fragmentos seleccionados del paisaje. La luz entra aquí desde arriba, lo que anima los interiores con un dibujo cambiante de sombras que resalta la austeridad de los materiales utilizados y los reflejos de las tablas.
El proyecto de Cristián Nanzer se limita a dos materiales básicos. La piedra natural y el hormigón, tratado como piedra fabricada, construyen la integridad de todo el conjunto. El choque entre el peso y la aparente ligereza de la planta superior se ve reforzado por la luz del día, que en algunos lugares parece casi material. De este modo, la impresionante estructura adquiere un aspecto cambiante, dependiendo de la hora del día y del ángulo de incidencia de los rayos. Esta economía de medios no conduce en absoluto al ascetismo. Al contrario, permite centrar la atención en las proporciones, el ritmo de la construcción y la simbiosis del edificio con su entorno.
El arquitecto trató la casa de la colina El Dragón como una forma abierta. Sus interiores se diseñaron de manera que permitieran la adaptación y el uso individual, sin imponer escenarios unívocos. La austeridad de los acabados favorece este enfoque, y el conjunto ha adquirido con el tiempo nuevos significados gracias a la presencia de los habitantes y sus objetos personales, entre ellos obras de arte.
Diseño: CristiánNanzer
Fotografías: GonzaloViramonte
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